La función del bien. La función de lo bello
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La función del bien. La función de lo bello


Reseña de la clase impartida por Gustavo Dessal

Javier Cepero


Reseña de la presentación de GUSTAVO DESSAL de los capítulos XVII y XVIII del Seminario 7 de Jacques Lacan: La Ética del Psicoanálisis, en el Seminario del Campo Freudiando en Granada el 15 de diciembre de 2012.

Gustavo Dessal toma como punto de partida para el comentario de estos capítulos una pregunta de Lacan del capítulo precedente “¿Qué sucede cada vez que suena para el sujeto la hora del deseo?”.

El seminario 7 indaga bajo el acápite de la Ética la cuestión de la pulsión de muerte en relación a la doctrina y la praxis analítica. Lacan toma este concepto, dado de lado y rechazado por muchos psicoanalistas posfreudianos, insertándolo en otro concepto que irá modificando a lo largo de su enseñanza: el goce.

El Bien, aquello de lo que la Ética se ocupa, se despliega entre el campo del deseo y el goce, entre los que la Ley hace de frontera al actuar con una función interdictora. Sin embargo, a lo largo del seminario 7 se van situando una serie de  paradojas reveladoras de que entre el campo del deseo y del goce no hay una frontera tan nítida. Si el deseo está del lado del Bien, del Principio del placer ¿por qué cada vez que suena la hora del deseo para el sujeto éste se detiene?

El primer signo de nuestra relación con el deseo es la angustia. Si hay algo complicado para el sujeto es ubicarse en conformidad con su deseo; consentir la emergencia de su deseo en tanto inconsciente. La relación del sujeto con su deseo es tan compleja porque lo confronta con la Ley, con cierta limitación al goce, pero también lo vincula con la pulsión de muerte y con el goce mismo. Es esta cuestión la que desarrolla Lacan en estos dos capítulos donde nos presenta dos formas mediante las cuales tomamos cierta distancia respecto al deseo: por un lado los bienes, que nos entretienen, nos distraen en nuestro camino hacia el deseo; y, por otro, lo bello, que hace una cierta barrera cuando algo de la relación con el deseo amenaza con volverse angustiante.

Es imposible sustraer totalmente la dimensión terapéutica de la práctica analítica; lo cual hace que nos confrontemos necesariamente con la cuestión del Bien. La Ciencia, sin embargo, se desentiende, en principio, de este asunto; por eso la Ética siempre viene a posteriori en el desarrollo de la Ciencia.

¿Qué bien persigue el psicoanálisis en relación a los sujetos bajo su praxis? Una manera de referirnos a lo que lacan denominó el deseo del psicoanalista sería la de aquél que se ha podido curar del deseo de curar, del furor sanandis. Si el psicoanálisis pretende curar de algo al sujeto es de las ilusiones que lo retienen en la vía de su deseo; bien manteniendo el deseo insatisfecho como en la histeria, bien prohibiéndoselo a sí mismo como en la neurosis obsesiva. El psicoanalista debe, en las entrevistas preliminares, calibrar hasta qué punto un sujeto está dispuesto a consentir, por ejemplo, a un cierto distanciamiento de sus ideales que lo retienen en la vía hacia la realización de su deseo.

El deseo nos confronta con un no saber, por eso el deseo al que nos referimos en psicoanálisis es el deseo inconsciente. Una de las funciones fundamentales de las entrevistas preliminares consiste en lograr que el sujeto pase, para poder saber algo, de estar atrapado en falsos anhelos a formular que verdaderamente no sabe cuál es su deseo. Si hay un elemento en la estructura de la subjetividad que protege de este campo de no saber es el campo del fantasma. El sujeto no sabe  hasta qué punto su fantasma articula toda su concepción sobre la vida y el mundo.

Lacan refuta, desde el punto de vista del psicoanálisis, que exista para el ser hablante una relación natural con el Bien. Hay una tradición filosófica, que se interrumpe por primera vez con Kant, cuyo planteamiento hedonista consiste en que el Bien es aquello que nos procura placer y el Mal, displacer. Sin embargo, la clínica actual proporciona ejemplos de que la vía hedonista puede conducir a un “más allá del Principio del placer”. Para Freud el Principio del placer es el principio rector de la vida psíquica, y aunque parece oponerse al Principio de realidad, sin embargo, éste último resulta una forma de continuación del primero mediante otras vías; sería una manera distinta de alcanzar algo del orden de la satisfacción para el sujeto. Pero lo más interesante del planteamiento de Freud al respecto del placer es el hecho de que el Principio del placer se produce en un juego de representaciones, es decir, se juega sobre un inconsciente estructurado como un lenguaje.

Para Freud la primera experiencia de satisfacción advendría con el surgimiento de una tensión en el aparato psíquico producida por una necesidad; el Otro primordial aportaría el objeto que calma esa tensión y el sujeto experimentaría así esa primera experiencia de satisfacción. En un segundo momento, al presentarse de nuevo la misma tensión y al haber dejado una huella la primera experiencia, el aparato psíquico va a encontrar un placer sustitutivo en la carga libidinal de esa huella en ausencia del objeto que calma la necesidad. Esa primera huella se va insertando en una cadena de representaciones, cada vez más compleja, que se van incorporando al aparato psíquico. Esta satisfacción sustitutiva alucinatoria, posible por lo que Freud llama identidad de percepción, demuestra que el aparato psíquico del sujeto humano no tiene como fin la adaptación al medio.

El ser humano, por su inserción en el lenguaje, está privado de obtener una relación simple con la satisfacción, de obtener de manera simple su Bien. La memoria en el ser hablante no posibilita el acceso en lo real al objeto de la satisfacción; está preparada más bien para el funcionamiento del Principio del placer; es decir,  para encontrar en la cadena significante una satisfacción extraviada respecto del objeto real. El sujeto humano no se conforma con satisfacer la necesidad, se satisface bajo el auspicio de los significantes.

No sólo el Principio del pacer y el de realidad no se oponen, sino que, dice lacan, con placer hacemos realidad; es decir, la realidad está construida con el auspicio del Principio del placer. El sujeto se relaciona con la realidad a través del fantasma; por tanto, la realidad para cada uno es su fantasma.

Lacan se cuestiona sobre si hay algo que de manera natural incline al sujeto hacia el Bien o si es lo social lo que produce esa inclinación en el sujeto. El desarrollo de la civilización no parece haber contribuido a facilitar al ser hablante el acceso a su satisfacción, a su Bien. La dificultad del sujeto en su relación a la satisfacción es interna a esa relación.

Lacan va a abordar la cuestión del Bien pluralizando el concepto: los bienes. Esto tiene su lazo con la noción de objeto en psicoanálisis. Lacan siguió la idea freudiana de que al no haber un objeto prefijado, natural para la pulsión, aparece en ese lugar un agujero en la estructura que se irá ocupando por objetos sustitutivos. La relación del ser hablante con sus objetos no es del orden de la necesidad. Una vez satisfecha con ellos la necesidad el ser humano sigue deseando. Además del valor de uso de los objetos está su valor de goce.

La cuestión central en el tema de la relación del sujeto con los bienes consiste en que el sujeto desea privar al otro de ellos. Se trata aquí del poder del Otro primordial que se manifiesta en la posibilidad de privar al otro de los objetos de satisfacción, gracias a lo cual este Otro primordial adquiere ese carácter de omnipotencia.  Pero también tiene relevancia en este asunto la cuestión de una cierta obsolescencia de los objetos en su capacidad de satisfacernos. Aquí el potlatch, la destrucción ritual de los bienes, toma el valor de una renovación, una revivificación del deseo. Es necesario desprender al deseo de su alienación a sus objetos imaginarios, los bienes, ya que éstos hacen obstáculo al sujeto en la vía de su deseo.

La otra barrera, en relación al deseo estaría del lado de lo bello, que produce un efecto de intimidación, de prohibición; ejerce una función inhibitoria del deseo. La belleza radica en la consistencia de unidad imaginaria que ofrece; de ahí que sea necesario trocear fantasmáticamente el cuerpo femenino para poder gozar de él. El sujeto intuye de alguna manera que tras la imagen de la belleza hay algo del horror fundamental ante el que quiere mantenerse a distancia; aunque, por otro lado, hay un deseo de atravesarla bajo la forma del ultraje.

 


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