Reseña: cap. 4, 5 y 6
Seminario del Campo Freudiano en Granada celebrado el sábado 16 de noviembre de 2024.
Reseña de la clase impartida por Esperanza Molleda sobre el Seminario II de Jacques Lacan "El Yo en la teoría de Freud y en la práctica psicoanalítica"
V. Una definición materialista del fenómeno de conciencia
V. Homeóstasis e insistencia
VI. Freud, Hegel y la máquina

Reseña elaborada por
Luis Iglesias
Esperanza Molleda se hace cargo de tres clases de este Seminario de Lacan: la IV, la V y la VI. Nos recuerda que nos vamos a encontrar con un Lacan de 53 años que busca, en su retorno a Freud, salir de la degradación del espíritu freudiano que él aprecia en el psicoanálisis de su época, lo que se llamó la “psicología del yo”. Un psicoanálisis que trata de reabsorber el saber freudiano en la psicología general sin preocuparse del conjunto de la teoría freudiana.
Lacan se alejará de una cierta impregnación biologicista y médica de la clínica analítica de la época y es a su concepción del Yo, un tanto ingenua y simplista, a la que dedicará el segundo de sus Seminarios. Apoyándose en la antropología estructural de Levi-Strauss, la lingüística de Saussure, la lectura de Hegel de Kojève, en especial la dialéctica del amo y del esclavo y revisando el pensamiento cartesiano se enfrentará a los escollos, contradicciones, vacilaciones y callejones sin salida que a veces Freud nos presenta en sus trabajos.
Es en este Seminario 2 donde Lacan avanza en su diferenciación entre el yo (moi), como construcción imaginaria, y el sujeto (je) inmerso en el lenguaje, elucidando cómo se juega el consciente y el inconsciente allí, en esa diferenciación. Esto supone cambios fundamentales en la orientación de la clínica psicoanalítica, aunque no es suficiente decir que “el yo (je) del sujeto inconsciente no es el yo (moi)”. El trabajo del Seminario obtendrá como fruto fundamental el Esquema L.
Lacan inicia la cuarta clase del Seminario 2 con un dístico de Von Chepko del que nos dirá “las leyes de esta enseñanza entrañan en sí mismas un reflejo de su sentido”. Podemos traducir el dístico: “Cuando crea todo, ¿Que crea el Altísimo? A sí mismo (el lenguaje). // ¿Que crea antes de crear todo? A mí (moi)”. Aquí podemos entrever algunas de las leyes de la enseñanza de Lacan en ese momento: Un lenguaje que crea todo lo que es; un yo necesario previo para que el lenguaje pueda desplegar su poder creador; el registro simbólico del lenguaje, del gran Otro (A) y el registro imaginario del yo, el primer piso del Esquema L.
Podemos entonces revisar la clínica psicoanalítica del momento de la mano de Lacan. No se trata de que el Yo reconquiste parcelas al Ello, de que la conciencia gane terreno al inconsciente, sino de otra cosa. Lo que está en juego es el acto de la palabra para la caída de lo imaginario hasta el punto de la despersonalización, de la pérdida de importancia de lo contingente para que algo del ser se constituya.
Lacan nos plantea una contraposición entre la experiencia individual y la subjetividad. Para él, Freud descubre el peso de una subjetividad como sistema organizado de símbolos que aspira a dar sentido a la totalidad de la experiencia y que supera a la organización individual tanto en fases de desarrollo psicosexual como en vivencias individuales.
Esta diferencia se aprecia bien en el papel del niño, que siempre está en el centro de la experiencia psicoanalítica, restableciendo la realidad simbólica de la familia. También en los sueños, donde se puede diferenciar la experiencia individual y la subjetividad. La pregunta del sujeto, en el sueño, es alrededor de la palabra que falta, desconocida por el sujeto en lo que respecta a lo que significa su historia y como marca su destino.
Lacan nos dirá que siempre se plantean resistencias en el análisis y que las resistencias siempre tienen su sede en el Yo, porque el Yo es la suma de los prejuicios que implica todo saber. Cuando se habla de hacer al Yo más autónomo o reforzar la parte sana del Yo, como se hace en las psicoterapias, o como se decía en su momento en la Ego Psychology, animamos al sujeto a que se asiente en sus prejuicios que paradójicamente son los que le llevan al síntoma. El análisis de las resistencias no puede darse desde el nivel yoico, nivel de la experiencia individual, sino desde el descentramiento del nivel subjetivo: No se trata de que el sujeto tome conciencia, ni de persuadir al sujeto, ni de reforzar su yo, ni de convencerle de lo que es bueno en su caso.
Las dificultades de la clínica que Lacan detecta se dan porque Yo y Sujeto se confunden. Se tiende a superponer Yo-moi y Yo-je, pensando que el segundo es la parte inconsciente del primero cuando es algo distinto. Lacan separará claramente el Yo (moi) del Sujeto (je), habiendo una excentricidad del sujeto respecto del yo. A el Yo lo localiza como una función imaginaria mientras sitúa el núcleo de nuestro ser, el sujeto ignorado por el Yo, en el inconsciente.
Lacan nos plantea la fábula del espejo: Si hay un espejo en un mundo sin hombres, sin yoes, el espejo seguirá reflejando la imagen como conciencia. Puede haber entonces un fenómeno de conciencia pero sin un Yo. Esta fábula nos permite: Separar el Yo y la conciencia; alejarnos de una concepción religiosa de la conciencia, donde todo converge hacia la conciencia de uno mismo y separarnos de un antropomorfismo delirante.
La conciencia como algo que se da cada vez que hay una superficie que puede producir una imagen, algo que transforma un objeto real en un objeto imaginario nos lleva hacia una definición materialista de la conciencia y a preguntarnos ¿qué es el Yo?: El Yo es un objeto.
Es necesario que intervenga el sistema simbólico en la constitución del sujeto. Separar el Yo-función (moi), el Yo del “estadio del espejo” como unidad, del Yo-símbolo (je) que surge a partir de que el mundo simbólico es fundado. Si se pretende que el Yo es el Sujeto al unificar Yo-función y Yo-símbolo, creamos el Yo fascinante y único en el que creemos. Lacan hablará de idolatría en relación con este Yo unificado.
Para Lacan y ya en Freud la función del Yo es exterior al sujeto del inconsciente. El propio Lacan nos recuerda el recorrido que hace Freud para pasar a preguntarse cómo leer la relación del Yo y del inconsciente con el principio del placer, para hacer una lectura energética del sistema del Yo y del sistema del inconsciente.
Primero en el Proyecto (Entwurf) en 1895, después en la Interpretación de los sueños
(Traumdeutung) en 1900, y finalmente, veinte años después en Más allá del principio del
placer, en 1920, lo que le impuso una nueva elaboración del más allá del principio del placer
y del instinto de muerte.
Freud se pregunta desde el punto de vista del principio del placer, que significa el carácter
inagotable de la repetición: la repetición de sueños en las neurosis traumáticas que
contraviene el principio del placer; la repetición en el juego del fort-da; la repetición en las
neurosis de transferencia y recurre a la conceptualización del instinto de muerte para salir
de la antinomia entre función restitutiva y función repetitiva. El instinto de muerte es función
restitutiva por su tendencia de retorno a la materia orgánica. También es función repetitiva
porque los organismos solo saben morir a su manera (exquisita formulación de la
singularidad) y esto funciona más allá del principio del placer.
Freud diferencia principio del placer, compulsión a la repetición e instinto de muerte en el
funcionamiento del aparato psíquico, mientras que, desde la psicología del Yo se
homogeniza principio de placer, principio de constancia (compulsión a la repetición) y
principio de Nirvana (instinto de muerte).
Para Lacan lo que el saber absoluto hegeliano aporta al psicoanálisis es la existencia de
ese saber absoluto desde el principio, es un discurso que se cierra sobre sí mismo. Este
discurso concluido, encarnación del saber absoluto, es un instrumento de poder. Los que
participan del saber absoluto como instrumento de poder son los amos, los que no
participan son los esclavos, pero en el saber absoluto queda una última separación
ontológica en el hombre, no solo está el individuo y dios, sino que también está el ser del
otro, hay alienación recíproca entre el individuo y el otro, entre el amo y el esclavo que
durará hasta el fin. Freud nos saca de esta dinámica con el descubrimiento de que el
hombre no está completamente en el hombre. Hay amo y esclavo a la vez en el mismo
sujeto, hay Yo y sujeto a la vez en la misma persona. En el mismo sujeto encontramos a la
vez el poder del Yo-amo y el trabajo y goce del sujeto-esclavo.
Luis IGLESIAS







